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Entrevistamos al presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, José Gobello, periodista y escritor con una larga treintena de libros editados y amante, promotor y activo constructor de la cultura porteña.

José Gobello

¿Cómo diferencia el lunfardo de lo que no es lunfardo?

“Yo le doy mi definición que enseño en los cursos de lunfardo que damos. «Es un repertorio de palabras, dicho de otra manera, vocabulario, de voces de diverso origen que el hablante de Buenos Aires utiliza, por diversos motivos, en oposición a las que le propone la lengua oficial.» Hay una lengua común, una lengua aceptada, una lengua decodificada por la Real Academia Española y el hablante de Buenos Aires mecha sus palabritas en ese contexto. Por diversos motivos, a veces porque le hacen gracia -la expresión no es mía es de Morínigo- las repite, como a veces nos hacen gracia las palabras de la televisión y las repetimos. En un comienzo eran palabras que traían los inmigrantes que traían cosas que aquí no se conocían. Por ejemplo, “ricota”, nada que ver con lunfardo, pero es una palabra extrajera, italiana. Aquí no se conocía la ricota, el requesón era otra cosa. Esas son palabras que han llenado un vacío léxico. Y otras que el hablante adopta por diversos motivos, para hacerse el gracioso, porque le parece que tienen más fuerza, porque son bonitas, porque se le ocurren primero, porque las tiene más a mano... Lo importante es que el hablante que las usa sepa que está cometiendo una transgresión a las reglas. Cosa que hoy no ocurre con la palabra “pibe”. La palabra “pibe” ha pasado prácticamente al castellano.”

¿Cómo comenzó la Academia?
“Teníamos una gran admiración por los poetas populares y lunfardescos. Con Nicolás Olivari, que era mi compañero de redacción, fue el primero con quien hablé del tema «qué lindo sería, Nicolás, tener una academia de lunfardo». «Qué buena idea, metámosle». Pero ahí fue quedando. Un día aparece Soler Cañas a mi oficina y me dice «Estuve con Amaro Villanueva y me dijo que habría que poner un instituto para estudiar el lunfardo» y yo le dije «yo vengo acariciando la idea de poner una academia, no un instituto, una academia cerrada tipo la Real Academia Española, con Nicolás. Si vos me acompañás y Benarós nos acompaña la formamos ya». «Buena idea» dijo y llamó a Benarós y nos encontramos al otro día y ahí nació la Academia. Año 1962. Algunos amigos nuestros tenían la conducción del Círculo de Prensa en esos días, y pudimos pedirles prestados, primero la casa para hacer la reunión inaugural y después una oficina más o menos permanente. Y ahí estuvimos hasta que gracias a Dios cayó un presidente del Círculo que nos rajó. Entonces había que encontrar otro lugar. Nosotros ahorrábamos dinero para comprar. Era otra época. Terminaban las reuniones y nos íbamos a comer, ahora no hay guita. Hacíamos las cuentas y decíamos «tanto para la casa» y se lo dábamos al tesorero que era López Peña y él lo guardaba. Dentro de los libros de su biblioteca iba poniendo los mangos y decíamos «algún día la vamos a comprar». Dimos el auspicio de la Academia para un remate de cuadros con un señor que se llamaba Rabinovich, si mal no recuerdo. Nos dejó una cantidad interesante de dinero. Y compramos un departamento en la calle Lavalle, por casualidad al lado de Sadaic donde estuvimos bastante tiempo. Pero yo decía «tenemos que mudarnos cuando cumplamos la boda de plata». Reunimos dinero comprando dólares en la época de Martínez de Hoz. Vos comprabas dólares en cualquier esquina y no te llevaban preso. Y en total juntamos veintidós mil dólares uno sobre otro.
“Para las bodas de plata, que se cumplieron en el ´87, ya teníamos dieciocho mil dólares. Buscamos casa y encontramos ésta que era un casa chorizo que fue remodelada y pedían 32. Teníamos un amigo muy querido que dijo: «ustedes compren que yo me encargo de la remodelación». Y le digo «Mire, Piombo. Cuánto tiene usted para la remodelación?». «Para ustedes tengo diez mil dólares». «Bueno, no hablemos más y compremos, yo junto cuatro», dije. Y compramos. Después había que adecuarla. Llevamos un año y pico con la casa vacía. Para la refacción nos prestó más dinero, con nuestro departamento de garantía. Con cuatro jóvenes arquitectos remodelamos la casa. Era la primera obra que hacían y la hicieron con mucho amor. Chicos maravillosos. Hace unos meses pasó un señor y me dice «Usted no se acuerda de mí? Soy Cavia». «Claro, arquitecto». «Vine a ver cómo estaba aquella obra». Con mucha emoción, fue su primera obra.”

¿Y, simultáneamente, usted laburaba como periodista?
“Sí, sí. Incluso cuando era diputado en los años ´52 hasta el ´54 iba a la redacción. Jamás abandoné el periodismo. Seguí trabajando en diversos lugares y finalmente seguí como free lance. Había hecho con sponsors, por supuesto, un servicio de notas para diarios del interior. Hacíamos las notas y las enviábamos gratis a diarios del interior y las empresas que teníamos de amigas, Bunge y Born sobre todo, nos bancaban, era un emprendimiento barato. Para ellos eran chauchas, pero nos permitió vivir. Por televisión entonces no me salía nada.

¿Qué lo llevó a escribir Lunfardía?
“En el ´53 lo publiqué. Hacía tiempo que me interesaba el lunfardo. Estaba entonces un poco antes de secretario general de la revista Aquí está, revista en aquel momento de gran tiraje de la editorial Sopena, de César Bruto. Tenía amigos comunes y le llevé tres notas sobre el lenguaje popular de Buenos Aires. Tuvieron mucho éxito. No es que se vendió más la revista, ésta se vendió como siempre. Pero el éxito interno en la redacción, el interés que despertó. Entonces me dije «bueno, la gente supone que sé lunfardo, y no es cierto. Entonces voy a ponerme a estudiar lunfardo. Ahora tengo la obligación de hacerlo. No había elementos para trabajar. Y a prueba de equivocarse, como dicen, ensayo y error, pude publicar. Lo que había era todo imaginación. No había elementos, no había con quien conversar del tema.
Para que te hagas una idea. Viene caminando el señor Cadícamo con Ángel D´Agostino y un amigo me presenta «este es Gobello, mi compañero en el diario tal, que está escribiendo sobre lunfardo». Y contestó: «¿Usted también se ocupa de eso?». Otra vuelta, los cronistas de Turf del diario Democracia me recomiendan ver a Enrique Maroni en Radio Excelsior. Me saluda y le digo, «yo me estoy ocupando de ésto y quería conversar en algún momento con usted?». «¿No tiene otra cosa de que ocuparse?» y se dio vuelta y se fue. Así había que laburar. Nadie te daba una mano.
Diccionarios dialectales italianos, encontré uno genovés, de un señor Pietro Berri que vivía en la Boca. Se hizo rogar un poco, pero finalmente me lo prestó. Ése fue el primer diccionario que tuve para ponerme a trabajar. Después, cuando viajaba un amigo le pedía que me trajera libros.”

El estar tan formalmente vestidos y titularse de don o doña, ¿es un modo de oponerse al objeto de estudio?
“El saco corbata no es una regla. Quisimos muy al comienzo -así como la Academia Francesa tiene saco verde- usar el lengue. Pero no lo implementamos y hoy cada uno viene como quiere. Le decimos don porque son don, no son animales, ni objetos, son personas.”

¿Pero los dones se encuentran entre ustedes?
“No, no es así. Aquél [Marcelo Oliveri] le dice chabón a todo el mundo.”

¿Cómo y quién puede formar parte de la Academia y qué maneras hay de participar?
“Los académicos somos veintiocho. Para ingresar uno nuevo tiene que morirse otro, cosa que no ocurre siempre. Teníamos veinticuatro y los elevamos a veintiocho porque hacían falta más académicos. Para entrar, lo primero que se necesita es la aceptación de los académicos. También están los académicos correspondientes que tienen voz sin voto. Lo primero que se exige para ser académico es ser buena persona, eso lo dijo Barcia, cuando fue presidente. Y había gente muy importante, porque entonces había gente importante. Estuvo Nicolás Olivari, César Tiempo, Marcos Morínigo. Hasta el propio José Cela me pidió ser académico. Mucha gente dice «Gobello hace lo que quiere, Gobello los elige». Pero yo he propuesto candidatos que no pudieron ser.
“Al cardenal Quarracino, lo había convencido de ser miembro. Aunque venga una vez por año, ¿sabés lo que sería en la lista tener al cardenal? Pero, no, no me dejaron, «que curas no». Después, un amigo me hace saber que a un miembro de la corte, Belluscio, le hubiese gustado ser miembro de esta casa. Me tocó comer un par de veces en la Judicial y fue cordialísimo conmigo. Le recriminé un poco haber confirmado la sentencia de Videla. De todos modos no lo aceptaron. Otra vez, propongo a Castiñeira de Dios, que para mí es un gran poeta, y me dijeron que no, «nos vamos a llenar de peronistas». Es jodido. Porque acá se vota, pero tiene que haber unanimidad de los presentes. El que no quiere votar se queda en su casa y no jode. No es fácil.”

¿Usted no siempre fue el presidente?
“No, fui secretario. Presidente es la figura importante, el secretario es el que labura. Ahora tenemos de secretario a Ben Molar. Pero siempre hay que laburar. Poner el culito en la silla. Hay que hacer cartas y contestar las cartas. Hay que tener la gente en la cabeza. Esto vive de la limosna prácticamente. Hay que saber en qué bolsillo hay que golpear.”

Yo no entiendo bien su defensa a Videla, porque por otro lado sé que era peronista y adoraba a Evita...
“Yo tuve muchos amores, uno solo es aburrido. No, no es ninguna incoherencia. Yo he sido peronista en el año ´45, ´46, ´47, porque era un quilombo el país. De los conservadores se decía que robaban. Comparado con éstos eran unos santos. Pero era una vergüenza nacional, un chico iba a votar y le decían «rajá, que ya votaste pibe». Entonces me hice peronista. Me impresionó Perón y la conocí a Eva que era una tipa divina, no divina por su belleza, que también la tenía en abundancia, sino por ella misma, por la manera de ser. Estuve cinco o seis veces con ella y fueron para salir gritando ¡viva Evita! Pero, yo antes de ser peronista y argentino soy católico. A mí la Iglesia no me la toquen. Ni Perón, ni Kirchner, ni nadie. No sé si está bien o mal, pero soy así. Yo soy antizurdo y antifidelista porque creo que eso es una gran farsa.
“En los fines, todos coincidimos, queremos el bien del pueblo, que todo el mundo coma, que tenga una cama tibia. Pero con los piquetes no creo que lo consigamos. No sé si ayuda o no, yo creo que no. Te explico simplemente por qué dejé de ser peronista. Cuando salió el proceso militar, ¿vos vivías en el ´76, te acordás de la guerrilla y los asesinatos?, ahora la gente tiende a olvidarse...”

Yo me acuerdo que le tenía mucho miedo a los milicos...
“Los milicos vinieron a poner orden y se les fue la mano. Pero en toda guerra se cometieron atrocidades. Mirá, en Vietnam también tiraban gente desde los aviones.”

Pero hablar de una guerra cuando eran pocos militantes idealistas contra un ejército, ¿no es un tanto exagerado?
“Y, sí. En realidad sí. Más que una guerra es comparable a la lucha que hicieron los franceses en Argelia. Y sé que vieron y dieron consejos de cómo enfrentar los problemas. Videla me contó que le plantearon tres caminos posibles, una vía suave, otra intermedia y otra sangrienta que consistía en aterrorizar a la guerrilla para paralizarla por miedo. Y él prefirió un camino intermedio, no quería lo sangriento. Pero la división de juridicciones entre marina, aviación y ejército hizo que él perdiera control y tipos que venían por intereses personales cometieran las atrocidades que cometieron.”

Sin embargo, fue todo muy sistemático...
“No sé. Pero con tipos como Massera que rapiñaban para su bolsillo no se pudo manejar bien todo. Sin embargo, a Videla le debemos varias cosas, que siempre se olvidan. Él impidió la guerra contra Chile, fijate que estaban ya los soldados preparados de ambos lados y Videla, encarando los desplantes de Pinochet logró, a pesar de todo, impedir la guerra.”

Mejor otro tema. ¿Quiere contar la relación que tuvo la Academia con el Monumento Carlos Gardel?
“Un día me dice el doctor Schcolnik -que era un hombre que le gustaba el tango y demás- y se había hecho amigo de Miguelito Zotto, «me habló Miguel y me dice que tendríamos que hacer un monumento a Gardel». «Pero para eso hace falta hacer una colecta y meternos en eso...». Y él se hizo cargo. Como no era miembro de la Academia, presidió la Asociación de Amigos de la Academia Porteña del Lunfardo que se ocupó de la obra.”

¿Para elegir el monumento quiénes más estaban aparte de usted y Schcolnik?
“Íbamos con Piombo, Pardo, Medin y Hugo Casares. Pero la decisión fue unánime por parte de los académicos.
“Lo cierto es que Schcolnik manejó todo y salimos con él a ver monumentos y vimos el de Ferraro, el de Muzzopappa y franeleábamos con el Congreso Nacional para que sacara una ley para poder emplazarlo. De pronto se concretó la Ciudad Autónoma y el entonces jefe de Gobierno, el señor De la Rúa dijo que quería hacer tres monumentos: a Palacios, D´Andrea y a Gardel. Hubo que apurar la cosa. El de Ferraro a mí me gustaba por el parecido, más, yo le tenía mucha simpatía a Ferraro.
“Había que apurarse y Pagano, miembro de esta casa nos propuso contactar a Pagés que es un gran escultor. Lo busco y fui al estudio y me encantó su obra. Y nos pusimos de acuerdo que lo hiciera él.”

A diferencia de Ferraro, Pagés no tenía hecho nada de Gardel...
“Pero lo que Ferraro no dijo fue que en su impaciencia se dejó
engrupir por Morera, director de cine que hizo los cortos de Gardel. Y se dejó engrupir por él que tenía dinero de los canadienses. Y expuso su monumento en el hall del Teatro San Martín que después se lo hicieron sacar porque podía caerse. Y Muzzopappa le dio el suyo a Menem para que lo lleve a Francia.
Entonces nos quedamos con el de Pagés que hizo un monumento que cuando lo vi dije: «no, este es un monumento a Gustavo Béliz». Y lo tocó bastante, lo cambió, quedó menos Béliz. Fue un poco apremiado por el tiempo. Y rompe con el estereotipo de la Paramount que es el que la gente tiene en mente. Es más, como era Gardel cuando cantaba en el Abasto. Vestido como soñaba entonces. Es una mezcla de fantasía y realidad histórica. Es una obra de arte de la que no se puede hablar tan despectivamente.”

Lo que pasa es que nos cuesta mucho ver a Gardel ahí, y además vemos que a nadie le gusta, salvo, tal vez, algún japonés que más que a Gardel aman a Piazzolla...
“Porque la gente tiene, le repito, el estereotipo de la Paramount. Si hubiéramos hecho el Gardel tal como había sido cuando vivía en el Abasto tampoco le habría gustado a la gente. Medio gordito, desgarbado. Los Gardeles de las fotos son tan distintos entre ellos.
“Es más, juzgo a la gente del Abasto por no haberle hecho ellos un monumento a Gardel. Antes de haberlo hecho nosotros que no entendemos un carajo. ¿Por qué no lo hicieron ustedes? No iban a hacer nada como tantos monumentos propuestos que no se concretan. No digo que sea cuestión de deshonestidad, pero siempre queda algún vuelto.”

¿Y con el monumento a ustedes no les quedó algún vuelto?
“Sí, sí. Y un malentendido final hubo. Nosotros terminamos mal con Schcolnik. Él se fue enojado con nosotros y nunca sabré por qué. Ante la inauguración me llamó y me dijo «va a hablar el jefe de Gobierno, Olivera, el presidente, De la Rúa y yo». «No, le dije, hablo yo. Tiene que estar la Academia». Al rato llamó para decirme que yo también hablaría. Fui el único que elogió al escultor que ni siquiera estaba en el palco.
“Las cuentas finales dejaron un superávit que como se había previsto pasó a la Academia.
“Yo terminé bien con él. Me volvió a invitar a comer en el Plaza.
“Me jode que la gente venga a criticar una cosa que hemos hecho nosotros, con toda buena fe, y sin que le costara al fisco un solo centavo, ni que le costara al pueblo un solo centavo. La nómina de los donantes está junto a la escultura. No se puede destruir ese trabajo con un chiste.”

Bueno, un chiste es un chiste y el humor no puede dejar de existir
“Sí, pero con chistes no se hacen monumentos. ¿Dónde está el monumento que hizo?

La crítica es una consecuencia directa de la creación. Pero ¿no es mejor una dura crítica antes que una creación pase desapercibida?
“No, desalienta a la gente que quiere hacer.”

Una de las interrupciones que tuvo la entrevista fue cerca del final con un llamado de Bergara Leumann que puso el nombre de José Gobello a un pabellón de su galería. Gobello me cuenta que antes de conocerlo le costaba entenderlo hasta descubrió en él una excelentísima persona. Y me explica la importancia del trato directo con la gente, el superar la primera impresión. Yo creo realmente que es una gran cualidad lograr imponerse a sus propios prejuicios y abrirse al otro incluso aunque uno no comparta los mismos principios.

R.S.

Revista El Abasto, n°68, agosto 2005.

 

 

 

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